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NICOLÁS REDONDO, LA IZQUIERDA AUTÉNTICA Y SENSATA

APUNTES POLÍTICOS, MERCADO LABORAL, PSOE Posted on Dom, enero 08, 2023 23:26:20

Es un artículo que siento mucho escribir y, sin embargo, sabía que era previsible que tuviera que hacerlo. Por lo menos, hubiera querido retrasarlo lo más posible. Ha fallecido Nicolás Redondo Urbieta. Es posible que a muchos de los que hoy se mueven en la política o en la prensa este nombre no les diga demasiado. A diferencia de otros, Nicolás nunca ha pretendido ser un jarrón chino y hace tiempo que se mantenía en un discreto aislamiento. No obstante, los que contamos ya con bastantes años de edad somos conscientes del papel que ocupó en la historia reciente de España. Fue un protagonista indiscutible del mundo laboral, político y social español.

En las primeras campañas electorales, el PSOE usó como eslogan “cuarenta años de honradez”, al que el PC de forma hiriente agregó “y cuarenta de vacaciones”. El añadido no carecía de razón, pues el partido socialista, con la dirección en el exilio, estuvo bastante al margen de la lucha antifranquista. Fueron tan solo un número exiguo de socialistas los que la protagonizaron, pero en esa minoría desde luego se encontraban el PSOE y la UGT de Euskadi y, en un papel predominante, Nicolás. Siendo muy joven presenció la persecución y tortura de su padre, también militante del partido y del sindicato, y posteriormente sufrió la propia, ingresando varias veces en la cárcel.

Curiosamente no solía alardear de nada de ello. Todo lo contrario,  lo mantenía en un pudoroso ocultamiento. Solo en algunas conversaciones de mucha confianza cuando salían a relucir aquellos tiempos infaustos descorría parcamente el velo y dejaba traslucir la amargura y la tristeza que le producían dichos acontecimientos. Siempre fue consciente del necesario esfuerzo de olvido que representó la Transición. Esto resulta tanto más significativo cuanto que hoy se invoca continuamente eso que llaman la memoria histórica y algunos que apenas conocieron el franquismo se manifiestan como si hubiesen sido guerrilleros y mártires toda la vida.

En Nicolás contrastaba la aparente dureza de sus posiciones con la humildad de sus planteamientos personales. Siempre fue consciente de su papel, de lo que podía y no podía hacer, de cuáles eran sus limitaciones. Se sabía un trabajador de la metalurgia, un luchador obrero, y fue por eso por lo que en el congreso de Suresnes, cuando los distintos grupos regionales del interior dieron un viraje al partido derrotando a la dirección del exterior, Nicolás, que aparecía como el candidato indiscutible a la secretaría general, se quitó de en medio y propuso en su lugar a Felipe González, cosa que este ha intentado siempre que no se airease demasiado.

Nicolás era consciente de que quizás se precisaba para ese puesto y para convertir al PSOE en uno de los partidos más importantes de España, un hombre más joven que él y con capacidad para aggiornarse a los nuevos tiempos políticos. Él prefirió quedarse al frente de la UGT y conseguir, como así lo hizo, la gran transformación sindical que se produjo durante los dieciocho años que estuvo al frente de la Organización.

No es de extrañar, por tanto, que en octubre de 1982 cuando el PSOE llega al gobierno, el poder y la influencia de Nicolás fuese grande, hasta el punto de que un secretario general de Presupuestos y Gasto público anduviese gimoteando por el Ministerio de Hacienda porque Nicolás Redondo le había echado de una reunión ya que se había puesto demasiado impertinente. Eran tiempos de unidad entre el PSOE y la UGT, de manera que mutuamente se hablaba del partido hermano y del sindicato hermano. Casi todos los miembros de ambas organizaciones tenían la doble militancia. y fueron muchos los cuadros de la organización sindical que pasaron a ocupar un puesto en el gobierno.

Esta luna de miel no duró demasiado tiempo. Pronto lo que se llamó el felipismo, de acuerdo con los aires que venían de Europa, fue girando hacia posiciones socialiberales, que casaban mal con los planteamientos de los sindicatos e incluso con lo que había sido hasta ese momento el programa del PSOE. El primer encontronazo se produjo en 1985 con la ley de reforma de las pensiones, que tanto Nicolás Redondo como Antón Saracíbar, ambos cargos sindicales y diputados del PSOE, votaron en contra en el Congreso, rompiendo la disciplina de voto. Tal vez deberían tomar nota los actuales diputados del PSOE que en privado se muestran tan contrarios a medidas tales como la desaparición del delito de sedición o la reducción de las penas de corrupción política y sin embargo votan afirmativamente en el Parlamento.

Nicolás se negó a aceptar que el sindicato fuese simplemente la correa de transmisión del partido y del gobierno, y arrastró a Comisiones Obreras a la unidad de acción sindical. Las circunstancias propiciaron que los enfrentamientos con el gobierno se convirtiesen en algo más que una lucha sindical. El resultado del PSOE en las elecciones de octubre de 1982 fue de 202 diputados, una victoria sin parangón que dejaba al ejecutivo prácticamente sin oposición política. En ausencia de esta, las organizaciones sindicales, y a su cabeza Nicolás Redondo, ocuparon su lugar.

La demostración más palpable de lo anterior es la huelga general del 14 de diciembre de 1988, motivada por las medidas que se pensaba aprobar en materia de precardad en el empleo y de impuestos. El gobierno estuvo a punto de caer, pero no forzado por ninguna oposición política, sino por los sindicatos. El país entero se paralizó y Felipe González aquel día pensó dimitir y dejar en su lugar a Narcís Serra. Pero una vez más se demostró que quien aguanta termina ganando, o al menos no termina perdiendo. Viendo hoy la actuación de los sindicatos cuesta creer que sean los mismos que hicieron temblar entonces al presidente del gobierno.

Hoy se habla del régimen autocrático de Pedro Sánchez y ciertamente lo es, pero el felipismo quizás no lo fuera menos. Hay que recordar a Nicolás diciéndole en televisión a Solchaga aquello de “tu problema Carlos son los trabajadores”. Es más, los autócratas de hoy se crearon, aprendieron y crecieron en esa tierra de cultivo. Todos los felipistas emplearon los medios más rastreros para perjudicar al sindicato y lograr que Nicolás Redondo dejase la secretaría general, como así sucedió en 1994, en que no se presentó a la reelección. Dos años más tarde, Felipe González perdería el gobierno.

De la sustitución de Nicolás en la secretaría general han transcurrido casi dos décadas. Estos dieciocho años ha permanecido en un discreto lugar. Se impuso un respetuoso silencio, lo cual no quiere decir que permaneciese ajeno a los acontecimientos políticos. Tampoco significa ni mucho menos que estuviese de acuerdo con todo. Algunos conocemos muy bien su postura crítica, su desasosiego e incluso su tristeza por la orientación seguida por su partido y su sindicato. Leía cualquier cosa que cayese en sus manos. A sus noventa y cinco años mantenía una cabeza totalmente lúcida, y no perdía ocasión de enterarse de todo y de analizar todo. Yo confieso que, entre otras muchas cosas, echaré de menos sus frecuentes llamadas telefónicas enjuiciando mi último artículo. Descansa en paz, luchador, compañero del alma, compañero.

republica 5-1-2023



ESCRIVÁ Y LA CARENCIA DE MANO DE OBRA

GOBIERNO, MERCADO LABORAL Posted on Dom, junio 19, 2022 21:40:13

Parece ser que los hosteleros están muy preocupados porque no encuentran trabajadores para esta temporada. Todo ello resulta paradójico en una sociedad que tiene tres millones de parados. El problema no es exclusivo de este sector. Al menos se da en otros dos, el del transporte y el agrícola y ganadero, incluso también en el de la construcción. La queja de los empresarios es bifronte. En primera instancia, necesitan personal sin más; en segunda derivada, personal cualificado. Nunca se sabe cuándo se refieren a una u otra necesidad.

En determinados oficios la carencia de personal puede tener su origen en la falta de cualificación. La coexistencia con tres millones de parados es posible únicamente por la desconexión entre oferta y demanda en el mercado laboral. Existe desde antiguo un problema cultural. Los trabajos manuales están infravalorados y, por lo mismo, peor retribuidos. Todo el mundo quiere ser médico, abogado, ingeniero o al menos empleado en una oficina o un ministerio.

La expansión de las universidades ha generalizado los estudios universitarios, creando un número mayor de titulados de los que la sociedad necesita, mientras se ha abandonado la formación profesional. Los exámenes de selectividad han pretendido ordenar la enseñanza de manera que se compaginasen las necesidades sociales con las preferencias de los alumnos. La irrupción de las universidades privadas ha desequilibrado de nuevo el escenario, originando la injusticia de que aquellos que posean capacidad económica puedan estudiar la carrera que deseen tengan la calificación que tengan.

Pero la falta de personal en estos sectores no afecta únicamente a la cualificación profesional, sino a la mano de obra sin más, en general. Como siempre, la contestación ofrecida desde el Gobierno ha sido dual. Por una parte, el ínclito Escrivá, que cuenta con la adhesión entusiasta de la cúpula empresarial, plantea abrir de par en par las puertas del mercado laboral a la emigración. Se supone que lo formula no como solución a la falta de cualificación profesional (la gran mayoría de los emigrantes no tendrán mayor formación que los parados españoles), sino a la carencia de mano de obra en general. Por otra parte, la ministra de Trabajo ha replicado a los empresarios, remedando a Biden: “Suban los salarios”. La patronal ha contestado inmediatamente y ha tildado de simplista la repuesta de la ministra. Sin embargo, en esta ocasión la ministra tiene al menos su parte de razón, aunque también es verdad que la cosa es más compleja.

Los cuatro sectores señalados tienen en común ser oficios muy duros con jornadas prolongadas e irregulares, amén de ser muchos de ellos trabajos de carácter estacional, con poca seguridad, y la vivienda constituye un fuerte impedimento a la movilidad. La demanda de estos trabajos no solo depende del nivel salarial, sino de las condiciones laborales. Bien es verdad que casi todo se puede compensar con subidas en las retribuciones. Pero ahí nace un factor nuevo que es el de la productividad y que puede limitar los salarios. Ningún empresario contratará a un trabajador más si el incremento en los ingresos no compensa el coste añadido de la contratación.

Es importante añadir que la productividad de la que estamos hablando hay que considerarla en términos monetarios, no en términos reales. En este sentido, no hay incremento de la productividad, aun cuando con el mismo número de trabajadores se consiga una producción mayor, si el importe obtenido por las ventas de todas las unidades producidas no varía. Y viceversa, la productividad puede incrementarse aun produciendo lo mismo si los precios de venta se incrementan. Es decir, que los salarios podrían aumentar si lo hacen al mismo tiempo los precios. Esta es una condición suficiente, pero no necesaria. Las retribuciones pueden subir sin que necesariamente tengan que hacerlo los precios, siempre que el excedente empresarial tenga holgura para asumir el incremento.

En estas coordenadas es fundamental considerar las características de cada sector concreto. Aquellos sometidos a la competencia exterior como el agrícola, o incluso el del transporte, tendrán muy poco margen. Al pertenecer a la Unión Europea, difícilmente podrán subir los precios sin perder cuotas de mercado. La situación es más ambigua en la hostelería. No parece que soporte una gran competencia exterior. Es cierto que puede haber países que puedan competir con España en el ámbito turístico, pero es una competencia global y es muy posible que cada empresario considere que no le afecta individualmente, sobre todo a corto plazo. En principio, no tendría que haber inconveniente en que los empresarios subiesen los salarios simplemente subiendo los precios. De hecho esto último ya lo están haciendo, con lo que el aumento de retribuciones solo precisa de la reducción del excedente empresarial, y lo mismo cabe afirmar de la construcción.

Hay, no obstante, en algunas circunstancias una limitación más para esta subida. La demanda. Un aumento de los precios puede disminuir esta variable, con lo que los ingresos podrían quedar iguales o incluso en ciertos casos reducirse. La baja productividad que últimamente presenta la economía española en parte puede tener su explicación en el exceso de la oferta sobre la demanda, lo que genera una infrautilización de la capacidad productiva de empresas y asalariados. La dificultad en encontrar empleo lleva a muchos trabajadores a montar su propio negocio. Ese exceso conduce a que muchas de las nuevas empresas creadas, o bien las antiguas, no sean viables. Es fácil observar en el pequeño comercio, incluyendo bares y restaurantes, cómo se abren y cierran locales con cierta celeridad. No hay demanda para todos.

Pero, ante ello, la única solución es adecuar la oferta a la demanda, de manera que desaparezcan las empresas o comercios zombis, y se mantengan únicamente los viables. Lo contrario es distorsionar el mercado y presentar una faz mendaz de él, manteniendo la subactividad y el subempleo y casi el paro encubierto, con una baja productividad  que conducen a salarios y beneficios muy reducidos.    

Ante la carencia de trabajadores para determinadas profesiones, en parte tiene razón la ministra cuando les espeta como solución a los empresarios que suban los salarios; lo que será posible en muchos casos, en aquellos en los que los empresarios obtengan un abultado excedente empresarial suficientemente generoso, puesto que la contrapartida será exclusivamente la obtención de menores beneficios. En otros casos, la única forma de subir los salarios será elevando los precios, y aunque esto último no siempre es posible, en la mayoría de los casos, sí lo es.

Desde luego la solución no puede venir de crear una economía dual, tal como propone Escrivá. Se pretende consolidar unos sectores con salarios tan bajos que expulsarán a los trabajadores españoles. Sectores que se quieren mantener a base de traer emigrantes dispuestos a aceptar las condiciones laborales más desfavorables.

En España existe ya un ejército de reserva (más de tres millones de personas) que tiran hacia abajo las retribuciones de los trabajadores. Con la Unión Europea, ese ejército de reserva se ha ampliado sustancialmente al existir movilidad de la mano de obra y un extenso abanico entre los salarios de los países miembros. Hay Estados como Luxemburgo, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y Dinamarca que están por encima de los 50.000 euros anuales de salario medio; otros como Eslovaquia, Rumania, Polonia y Grecia que no llegan a los 15.000 euros; en medio se encuentran países como España, alrededor de los 26.000 euros.

En un mercado único como el europeo esas diferencias en los salarios no crean demasiados problemas si los países están especializados en producciones diferentes, pero la situación se complica si existe competencia entre ellos por tener outputs similares. Es más, los acuerdos de la Unión Europea con terceros países fuerzan a determinadas economías a mantener en ciertos productos los precios y, por lo tanto, los salarios, salarios tan bajos que no tienen ninguna atracción para los nacionales. Es lo que ocurre en algunas producciones de la agricultura, como la de la fresa, que todos los años se precisa traer temporeros del exterior para recolectarla. Es una situación claramente extraña y poco coherente, pero de una superación difícil mientras permanezcamos en la Unión Europea.

Ahora bien, extender esta solución y generalizarla, tal como quiere hacer Escrivá, no tiene ninguna justificación. Como si no fuese suficiente un ejército de reserva de tres millones de parados, se quiere ampliar a los trabajadores de todo el mundo, dispuestos a aceptar las peores condiciones laborales posibles. No hay nada que impida la subida de salarios en la hostelería o en la construcción, como no sea el deseo de los empresarios de contar con una mano de obra barata y cautiva. En muchos casos la subida de las retribuciones podrá enjugarse reduciendo el excedente empresarial, pero si no, siempre queda el recurso de elevar los precios. De hecho, muchos ya los han elevado. La hostelería y la construcción no están sometidas a ninguna competencia exterior. La manifestación de la ministra de Trabajo tiene toda su lógica, si no encuentran personal, lo que deben hacer es elevar los salarios y mejorar las condiciones de trabajo.

Los planteamientos de Escrivá parecen dictados por la patronal y resultan bastante impresentables cuando existen tres millones de parados. Condenar a que una parte importante de la economía funcione basándose exclusivamente en la baja productividad y en unas condiciones laborales tan deterioradas que la vedan a los trabajadores nacionales no tiene ningún sentido.

Bien es verdad que al ministro de la inclusión social no parece interesarle demasiado el problema del paro. Debe de creer que lo ha solucionado con su ingreso mínimo vital. Es por eso por lo que ha defendido que el problema de las pensiones se soluciona con el retraso en la edad de jubilación, incluso gratificándolo, y con la llegada de emigrantes. Esta estrategia tendría sentido si estuviésemos en una economía de pleno empleo, o con unas tasas de paro fuesen muy reducidas, pero con los datos actuales parece bastante incongruente. Después se extrañarán de que Vox tenga cada vez más votantes.

republica 16-6-2022



LA MALIGNIDAD DEL PACTO DE RENTAS

ECONOMÍA, MERCADO LABORAL Posted on Dom, junio 12, 2022 21:38:16

En la teoría económica suele denominarse espiral inflacionista a la dinámica que se genera en determinadas situaciones entre precios y salarios. La subida de los precios reclama a menudo el aumento de los salarios, y la elevación de estos exige en ocasiones la subida de los precios. Todo se reduce a una contienda entre trabajadores y empresarios por ver quién pierde y quien gana, ya que cada uno pretende apoderarse de una porción mayor de renta.

Hay que reconocer que, en buena medida, la inflación actual tiene su origen en el exterior, en la subida de precios de la energía y de las materias primas. Tal subida, como ha afirmado el gobernador del Banco de España (BE), representa un empobrecimiento en su conjunto de toda la sociedad española. El problema se centra en saber cómo se va a repartir la pérdida entre los distintos agentes económicos.

Es posible que parte del coste pueda transmitirse al exterior vía exportaciones, si es que la competencia lo permite. Al menos en algunos casos será factible, mientras en otros países la inflación sea muy parecida a la nuestra. De cualquier modo, queda una parte importante del incremento de los precios de las importaciones que tendrá que ser asumido en el interior con un cierto empobrecimiento generalizado que nadie querrá aceptar. Es probable que empresarios y trabajadores se enfrenten en una guerra de precios y salarios. Incluso habrá quien (a río revuelto, ganancia de pescadores) aproveche la ocasión para tener una ganancia extra.

El gobernador del BE, la patronal, el Ejecutivo y en general el  stablishment, proponen como solución el pacto de rentas, pero en el fondo de lo que se está hablando es de que en esa contienda entre empresarios y trabajadores sean estos últimos los que se den por vencidos, y se plieguen a que sus salarios suban menos que los precios. En todo pacto de rentas la obligación recae únicamente sobre los asalariados a través de los compromisos adquiridos por las organizaciones sindicales. Las promesas de la patronal y del propio Gobierno son flatus vocis. En una economía de mercado resulta imposible intervenir y controlar los precios, por lo tanto, todo se queda en buenas palabras y piadosas intenciones. Aun cuando se denomine pacto de rentas en plural, las únicas que se pueden limitar son las salariales.

Seguramente para disimular esta realidad, Sánchez se ha querido marcar un tanto, insinuando que se tendrían que tener en cuenta otro tipo de rentas, como los dividendos. No está muy atinado el presidente del Gobierno. En primer lugar, muchos de los dividendos que cobran los españoles son de sociedades extranjeras o con residencia fiscal fuera de nuestro país, sobre las que el Gobierno no tiene ningún poder. En cuanto a las sociedades nacionales, limitar los dividendos no representa en el fondo ninguna pérdida para los accionistas porque en teoría hay que suponer que los títulos se apreciarán en una cuantía similar al importe del dividendo no repartido. Los tipos restantes de renta de capital estarán muy lejos de congelarse. Lo normal es que se incrementen, ya que el BCE subirá los tipos de interés.

Por otra parte, resulta muy simple considerar al colectivo de los trabajadores, y especialmente al de los empresarios, como un todo homogéneo. El combate de precios no solo es entre patronos y asalariados, sino entre las mismas empresas. Las ventas de unas son los costes de otras. Las ganancias y las pérdidas pueden ser muy diferentes según la situación en el proceso productivo e igual ocurre con los trabajadores.

El gobernador del BE, que recomienda el pacto de rentas para que no se forme la espiral inflacionista, reconoce sin embargo la complejidad del tema en la introducción al informe anual de esa entidad: “A la hora de determinar las características concretas de este pacto de rentas, sería necesario atender al impacto asimétrico de las perturbaciones actuales entre trabajadores, empresas y sectores. Dada esta heterogeneidad, se debe combinar la necesaria coordinación a escala nacional con mecanismos que permitan adaptar el acuerdo a las diferencias de productividad y de actividad que existen entre empresas y sectores. De igual modo, si hay segmentos de los hogares cuyas condiciones de vida se han visto particularmente afectadas de forma adversa por el encarecimiento de la energía, sería deseable que el pacto de rentas implicase una menor merma de recursos para estos agentes. En definitiva, estas consideraciones se traducen en la necesidad de que un eventual pacto de rentas evite adoptar medidas excesivamente uniformes, que resultarían demasiado rígidas para algunos segmentos de agentes”.

Todo esto es muy correcto. ¿Pero es posible? ¿Es el pacto de rentas el instrumento adecuado para realizar un reparto lo más equitativo posible de las pérdidas? De ninguna manera. Esa función de disección fina solo se puede efectuar con el sistema fiscal. Como ya se ha dicho, el pacto de rentas lo único que consigue es que sean los trabajadores los que asuman en su totalidad el empobrecimiento derivado del incremento de precios de las importaciones e incluso a veces del enriquecimiento de algunos empresarios nacionales que hayan tenido la posibilidad de subir en mayor medida los precios de sus ventas que lo que se han elevado sus costes.

Es curioso que se quiera incluir en el pacto de rentas a los pensionistas y a los funcionarios, que se encuentran al margen de la presunta espiral inflacionista porque su patrono es el Estado, y por lo tanto no tiene que provocar una nueva subida de precios dado que la ya producida ha proporcionado al presupuesto público ingresos incluso en cuantía mayor que la que va afectar a estos gastos. Sin embargo, nadie ha planteado tener en cuenta las rentas de capital. Y es que la única forma de limitarlas es mediante el sistema fiscal.

Son reformas de carácter fiscal las que se deberían utilizar para atajar la espiral inflacionista, al menos como complemento del pretendido pacto de rentas. Quienes traen a colación los Pactos de la Moncloa deberían recordar que estos se firmaron junto a una reforma radical de los tributos. El Gobierno en este momento tendría que rebajar contundentemente los impuestos indirectos, con lo que se controlaría en buena medida la inflación, y debería incrementar en la misma o mayor cuantía los impuestos directos, en especial los que hacen referencia a los beneficios de las personas y de las empresas y a las rentas de capital, con lo que se conseguiría que el reparto de la pérdida se acomodase lo más posible a un patrón de equidad.

Si se quiere hacer distinciones en función de la capacidad económica, hay que recurrir a la progresividad de los impuestos directos. Todo lo demás es introducirnos en una selva burocrática,de imposible gestión, en la que el efecto sea el contrario al perseguido. ¿Cómo no mirar con indulgencia la ingenuidad e inocencia de los que quieren hacer distinciones entre los beneficiarios de la bonificación de la gasolina? Me imagino a las gasolineras pidiendo la declaración del impuesto sobre la renta para ver qué descuento hay que aplicar a cada consumidor. Por favor, no más ocurrencias. Para eso ya tenemos a Escrivá.

Algunos, muy indignados, se preguntan por qué se le van a rebajar a un banquero los veinte céntimos de los carburantes. Pienso que, desde una óptica de izquierdas, deberían estar encantados de que se le hiciese tal bonificación e incluso de que se le librase a él como a los demás contribuyentes de parte de los impuestos indirectos, con tal de que como contrapartida se le aplicase el 65% de tipo marginal máximo en el IRPF, o de que sus rentas de capital se incorporasen a la tarifa general de este mismo impuesto, perdiendo el privilegio que actualmente tienen. Esto que hoy no se atreven a demandar los que se llaman “la izquierda”, regía en los años ochenta y fue un gobierno de derechas (UCD) el que lo introdujo al mismo tiempo que otras muchas cosas en su reforma fiscal, aquella aprobada como complemento a los Pactos de la Moncloa. ¿Dónde se encuentra ahora la izquierda? ¿No debería dejar de jugar con cromos e ir a lo que realmente importa?

republica.com 9-6-2022